Mi mañana de hoy

Acompáñenme en mi mañana (de supervivencia)
Vivo en la CDMX, ese monstruo hermoso que te enamora y te deja marca (a veces, literalmente).
Hoy la ciudad amaneció lloviendo, lo cual es el sinónimo universal de una sola cosa: caos absoluto en el transporte público. Quienes ya tienen tiempo leyéndome saben que intento ser lo más amigable posible con el medio ambiente, así que soy una usuaria convencida del transporte colectivo. Mi combo diario es: metro, metrobús, mis propias piernas y, próximamente, EcoBici.
Llevo muchos años en esto, por lo que las contingencias ya son el pan de cada día, pero lo de hoy… hoy sí se superó.
Les cuento el viacrucis de la casa a la oficina: el metro venía tardadísimo (pero nivel "pausa dramática"). ¿El metrobús? Imposible de abordar. ¿Mi única opción? Caminar. Para colmo de males, olvidé el paraguas. Mala, malísima hora para dejarlo en casa. Así que me aventé 25 minutos a paso veloz bajo la lluvia, librando una auténtica carrera de obstáculos.
Tuve que ir esquivando charcos gigantescos y cuidándome de las famosas losas flojas del piso, de esas que pisas mal y te hacen tambalear los pies (o te salpican agua sucia). Por si fuera poco, de las marquesinas y balcones ya no caían gotas, sino chorros de agua enormes que me caían encima. A eso sumen el contraflujo: un mar de gente caminando en sentido contrario a la que también tenía que esquivar como si fuera fútbol americano. En medio de ese estrés, iba rezándole a todos los santos para que no me tocara ningún semáforo en rojo y poder avanzar. Por pura suerte, de los quince o dieciséis semáforos del camino, ¡solo me tocó esperar en uno!

Llegué a tiempo, ¡gracias al cielo!, pero hecha un desastre arquitectónico: empapada del cabello por el baño antes de salir, por la lluvia y por el sudor de la caminata extrema. Todo un glamur matutino.
Llegué directo a la oficina a vaciar la bandeja de correos urgentes, toda sofocada. Afortunadamente, una hora después el agua bajó al nivel de los frijoles y, ya con más calma, salí por un café. Ahí fue donde por fin pude respirar.
Mientras esperaba mi turno en la barra, me dediqué a observar. Afuera quedaba una llovizna finita que hacía brillar las banquetas mojadas, reflejando las luces de la calle. El ambiente se sentía fresco, limpio, y el ritmo de la ciudad parecía haber cambiado: la gente caminaba con menos prisa, como disfrutando de la tregua que daba el clima. La zona donde trabajo es muy arbolada, y era un espectáculo ver las gotas de lluvia chorreando de las hojas, mientras un montón de pajaritos se sacudían el agua entre las ramas, piando como si nada. En medio de esa calma, los repartidores de comida en sus bicis y motos fluían por la calle, esquivando los charcos con una destreza impresionante. Era una postal urbana perfecta.
Este barrio está lleno de cafecitos con personalidades únicas. Hay uno que lleva la palabra Valiente en el nombre, con una pizarra en la entrada que tiene una frase inspiradora (es pequeñito y lo tengo en mi lista de pendientes). Hay otro con nombre de pieza de ajedrez, algunos ideales para sentarse a chismear y otros formato to-go.

Es increíble cómo hace años el café dejó de ser solo "café" para convertirse en un universo de cientos de variantes. Mi favorito de siempre es el latte sin azúcar. Hoy lo compré en un puesto rápido de "paga y lleva". El café está dos-tres, le falta cuerpo y aroma, pero por el precio no me puedo quejar. También me armé un sándwich de pollo y regresé corriendo a la oficina para seguir con la jornada.
Ahorita el trabajo ya está normal; después de la tormenta de urgencias de la primera hora, las aguas se calmaron y todo fluye con el papeleo ordinario.
Y ustedes, ¿cómo sobrevivieron a su mañana?

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