LA OFICINA. MUDANZA. CONCLUSIÓN

El cronómetro del caos: De miércoles a viernes

Al final, el tan anunciado cambio no fue una transición pacífica; fue un simulacro de evacuación a contrarreloj.
El miércoles a las diez de la mañana, mientras lidiábamos con la montaña de pendientes habitual de inicio de quincena, llegó el whatspapp definitivo: “Todo tiene que estar empacado. La mudanza se hace mañana”. El pánico colectivo se apoderó del piso. Pasamos de ser oficinistas a operarios de carga en cuestión de segundos, alternando entre responder correos urgentes y sellar cajas con cinta adhesiva.
Súmenle a eso mi jefa que cuando quiere puede ser una piedrita en el zapato.  Quería que nos partieramos, la mitad trabajando, la mitad empacando, ¡pero de en equipos sino nuestras humanidades!
El jueves fue el clímax absoluto del caos, digno de una película de enredos mal planeada. Para empezar, la logística parecía diseñada por nuestro peor enemigo: primero llegamos nosotros, los empleados, a un edificio vacío. Luego llegaron nuestras cajas personales. Después aparecieron los equipos de cómputo... pero las sillas brillaron por su ausencia. Pasamos toda la mañana de pie. Llegó la hora de la comida, regresamos a las cinco de la tarde, ¡y seguíamos sin dónde sentarnos! Las benditas sillas llegaron ya muy tarde, pasadas las cinco de la tarde. Trabajar en esas condiciones fue simplemente demoledor.


El verdadero conflicto (No todo fue polvo y cajas)
Cuando mezclas falta de sueño, demasiado café, fatiga física y la presión de una mudanza improvisada, los ánimos estallan. Pero una cosa es el estrés laboral y otra muy distinta la falta de respeto.
Ese mismo jueves, uno de los "graciosos" de la oficina decidió que era un buen momento para atacar a un colaborador de mi equipo. Soltó un comentario sumamente despectivo, tachándolo de pertenecer a la “generación de cristal” e incluso haciendo una burla horrible sobre su sobrepeso. Mi colaborador se puso completamente rojo de la impotencia y el piso se llenó de una tensión insoportable.
Ahí sí que no me quedé callada. Ya instalados a medias en nuestros lugares, alrededor de las nueve de la noche, busqué a mi jefa para reportar la situación y pedirle que hablara con la jefa del bully. Mi jefa reaccionó de inmediato: me llamó y nos confrontamos con él. Por supuesto, fiel al manual del cobarde, lo negó todo.
El escándalo escaló tanto que nuestro Director escuchó lo que pasaba y nos citó a todos en su oficina. Cada quien dio su versión, el Director nos exigió respeto mutuo y luego llamó a mi colaborador para escuchar directamente cómo habían sido las cosas. ¿El resultado actual? El bully ahora me aplica la ley del hielo y ya ni me dirige la palabra. Un precio muy barato a pagar por defender a mi equipo.

Hoy es lunes. Estoy sentada en mi nuevo escritorio, rodeada de cajas que todavía no tengo energía para abrir y con un cansancio físico y mental que no me quita ni el tercer café del día. Sobrevivimos a la mudanza imposible y al drama corporativo, pero el cuerpo cobra factura.
¿Valió la pena el cambio? El nuevo edificio promete, pero la verdadera prueba de fuego será ver si los fantasmas del viejo edificio se mudaron con nosotros... o si tendremos que seguir lidiando con los fantasmas vivientes que no saben lo que es el respeto en el trabajo.

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