La Llorona en el cine mexicano
Cariño
Son las tres de la mañana. Apagué la televisión hace un rato porque me
puse a ver películas viejas de terror y, no te voy a mentir, me dio un frío
ridículo en los pies. Terminé refugiándome en la cocina preparándome un café
que sé que me va a costar el insomnio, solo por tener algo caliente entre las
manos.
Pensé en llamarte, pero sé que estás durmiendo y no quería despertarte.
Prefiero dejarte esto en un mail, para que sea lo primero que leas cuando
abras los ojos, o para cuando busques un pretexto para distraerte a mitad de tu
día. Me gusta demasiado imaginar tu cara cuando descubras este desvelo mío
dando vueltas por tu pantalla.
Ojalá estuvieras aquí. Extraño la forma en que tus brazos me quitan el
frío cuando amanecemos juntos, pero como hoy me tocó pasar la noche sola, mi
cerebro decidió ponerse a trabajar tiempo extra.
Mientras veía una versión en blanco y negro de La Llorona —la de 1933, que por cierto, me enteré de que fue la primera película con sonido en la historia del cine de terror en México— me puse a pensar en cosas que necesitaba contarte, porque eres el único que no me va a juzgar de loca por sobreanalizar películas a estas horas.
¿Te has dado cuenta de que el miedo en este país nunca es gratuito? Nos
han enseñado a pensar que los fantasmas pertenecen al pasado, al folklore de la
abuela, pero la verdad es que cambian de rostro según cómo nos vaya en los
bolsillos, en la política o en la calle. Cada vez que a México le da una
crisis, a La Llorona le da por cambiar de look en el cine. Es casi como si el
espectro fuera nuestro diario secreto colectivo.
Por ejemplo, en esa película de los años 30, el país venía saliendo de
los balazos de la Revolución y con una crisis económica espantosa por la Gran
Depresión. El director metió al fantasma en trajes coloniales porque la
sociedad de esa época tenía una culpa tremenda por el trauma de la Conquista y
un miedo horrible a que las clases bajas se volvieran a levantar en armas. El
susto era por mantener el orden social que apenas se estaba acomodando.
Después de eso vino un silencio largo de décadas donde nadie hacía
terror serio, hasta que en 2007 estrenaron Km 31. Estoy segura de que tú
la recuerdas. Estábamos en plena era de la globalización, el Tratado de Libre
Comercio y el caos vial de la ciudad. El director hizo algo brillante que los
críticos llaman "terror japonés a la mexicana": agarró la estética de
las películas asiáticas de fantasmas pálidos con el pelo en la cara y la metió
en una carretera moderna de concreto llena de niebla. Ya no había vestidos
coloniales; el miedo era salir a la calle, sufrir un accidente o ser víctima de
la violencia urbana diaria que tú y yo sorteamos cada vez que salimos a vernos.
Perdona que te sature con estos pensamientos de madrugada. Sé que suena
extraño conectar la economía de un país con el llanto de un fantasma, pero es
que estando aquí sola, extrañándote, me di cuenta de que el cine de terror no
habla de los muertos, sino de las cosas que nos quitan el sueño a los vivos.
A mí, por ejemplo, hoy me lo quitó este mito... y las ganas de estar platicando esto contigo.
Dime si tú también has sentido ese miedo frío últimamente, o si solo me necesitas a mí para espantarlo. Cuídate mucho hoy en la calle.
Te quiere B



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