Mis historias: Ahora de terror. Tú en lo tuyo y yo en lo mío

¡Hola!, ¿Cómo has estado? ¿Qué tal ese proyecto que tenías entre manos? ya lo iniciaste o sigues planeándolo mejor?, por como eres, todo será un éxito, de eso no hay duda.

Pues yo estoy abrumada por tantas cosas, ya te contaré cuando nos veamos.  Pero para enfocarme mejor en mis actividades del día de hoy me doy un break de unos minutos para pensar en algo totalmente distinto a números y análisis.

Te cuento una historia que me pasó hace algunos años.

Tú en lo tuyo, yo, en lo mío

En mi anterior trabajo, quedarse hasta la madrugada era parte de la rutina. El edificio era viejo, gris y descuidado; de esos lugares que de noche cambian por completo de personalidad. A esas horas, los únicos rezagados éramos un par de adictos al trabajo esparcidos en diferentes plantas y los guardias de seguridad.
Una noche, durante el primer rondín de las once —hacían tres en total: a las once, a las tres y a las seis de la mañana—, uno de los vigilantes se detuvo junto a mi escritorio. Con una sonrisa de complicidad, soltó un chiste flojo sobre "la niña" del edificio. Me preguntó si ya me había tocado verla correr por los pasillos. Le respondí que no entre risas, restándole importancia. En este tipo de oficinas siempre hay mitos urbanos para espantar a los nuevos. Qué equivocada estaba.
Pasaron los días y la escena se repitió: yo sola en mi piso, rodeada de montañas de pendientes. No tenía prisa; el silencio de la noche me daba la calma necesaria para avanzar a mi propio ritmo. O al menos eso creía.
De repente, la atmósfera del lugar cambió por completo. No hubo ruidos, pero sentí cómo mi cuerpo se ponía en alerta máxima. Sin motivo alguno, un escalofrío helado, denso como una descarga eléctrica, me recorrió la espina dorsal. La piel se me puso de gallina y un miedo irracional me oprimió el pecho.
Levanté la mirada lentamente.
A lo lejos, justo por encima de la línea que dibujaban los cubículos, vi una silueta. Se movía a una velocidad antinatural. Por la altura respecto al mobiliario, no medía más de un metro con veinte. Era una figura pequeña, corriendo en la penumbra.
En ese instante de puro terror, las palabras del vigilante resonaron en mi cabeza con una claridad espantosa. No era una broma. La "niña" estaba ahí.
El pánico me paralizó por unos segundos, pero entonces miré la pantalla de mi computadora. El trabajo que tenía entre manos era crucial y perder el control no era una opción. El miedo se transformó en una extraña audacia. Respiré hondo y, rompiendo el vacío de la oficina, hablé en voz alta hacia la nada:
—Tú sigue haciendo lo que haces y yo con mi trabajo. No te metes en lo mío y yo no me meto en lo tuyo.
Me levanté, cerré la puerta de mi área con firmeza, me coloqué los audífonos y subí el volumen. Santo remedio. La pesadez del ambiente se disipó, la piel de gallina desapareció y el resto de la noche transcurrió en una absoluta, y extrañamente pacífica, tregua.

La niña fantasma en la oficina.  Imagen creada por IA Gemini


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